Conciertos
30-07-2009
Jeff Beck. Escenario Puerta del Ángel, Madrid
Llegaba a Madrid procedente de Barcelona. Las cuatro fechas en territorio ibérico (continuaba en Cazorla y Alicante) eran las últimas de una descomunal gira que comenzó en enero por Australia y Nueva Zelanda, la primera por Oceanía en más de treinta años. De ahí saltó a Japón y antes de pisar suelo nipón todas las entradas estaban ya vendidas. Se despidió de ellos con dos memorables conciertos con su amigo Eric Clapton y su banda. El 4 de abril, Jeff Beck ingresó en el Rock And Roll Hall of Fame. El concierto que dio en Cleveland fue el inicio de otra gira por Estados Unidos con catorce fechas "sold out", finalizando en Oakland el día 23. Tras una pausa de un mes para descansar se puso de nuevo en la carretera en junio para otra gira por el Reino Unido. Fueron ocho fechas cerrando el día 4 de julio en un apoteósico bolo en el Royal Albert Hall para, a continuación, enlazar con el resto de Europa.
Como es habitual, su actual banda de acompañamiento son experimentados músicos provenientes del jazz generalmente curtidos en sesiones de grabación para otros artistas de renombre. Jason Rebello, el teclista, en 1988 y a la edad de 21 años fue elegido 'Promesa del Año' por la revista Wire. "El más galardonado e influyente pianista salido del Reino Unido desde Django Bates", dijo de él Neville Hadsley el reputado crítico de jazz. Vinnie Colaiuta, el baterista, lleva con Beck más de dos años. Estuvo con Frank Zappa en los 70's. Al dejarle, se convirtió en un renombrado músico de sesión. Empezó con estrellas mainstream (Barbara Streisand, Gino Vanelli, Chaka Khan) para convertirse en un fijo del jazz: le podemos encontrar en los créditos de álbumes de Chick Corea, John McLaughlin, Herbie Hancock o Quincy Jones. Su versatilidad y su feroz estilo jazz-rock es tan legendario que es reclamado hasta por bandas inesperadas como Megadeth: dejo su impronta en el álbum «The System Has Failed» (2004). Pero la que acaparó toda la atención del público fue la australiana Tal Wilkenfeld, la bajista, un prodigio de la naturaleza. Nacida en Sidney en 1986, con 14 años ya tocaba la guitarra y a los 17 se pasó al bajo. El año pasado fue votada 'The Year's Most Exciting New Player' por los lectores de la revista Bass Player. A los 20 años grabó su primer álbum, «Transformation», y acompañó a Chick Corea en una gira por Australia. Al mes siguiente recibió una llamada de Jeff Beck ofreciéndole ingresar en su banda. "Qué puedo decir de Tal Wilkenfeld. Cómo puedo describir su maravilloso talento. Mira y escucha lo que hicieron 45.000 personas en Chicago en el Crossroads Festival de 2007 cuando la vieron tocar. Ahí tienes la respuesta", dijo de ella un entusiasmado Jeff. Hasta hoy, la única constancia discográfica que teníamos los españoles con el cuarteto a pleno rendimiento era el directo «Performing This Week… Live At Ronnie Scott's» (Eagle, 2008), también disponible en versión DVD.
El nuevo Escenario Puerta del Ángel, en el interior de la Casa de Campo, era el sitio elegido. Aforo de 3.550 personas y lleno absoluto. Poca gente joven. Aficionados de edad madura y pelo cano que todavía viven enganchados a «Truth», «Beck-Ola», «Blow by Blow» y «Wired». Los comentarios previos giraban alrededor del cambio brusco de estilo iniciado en 1999 con «Who Else!», jams generadas a partir de una mezcla de jazz experimental con electrónica, tabla-funk, cyber-strut y voces sampleadas. Personalmente, ardía de curiosidad en escuchar cómo podía sonar ese gazpacho sonoro en directo. Pero estamos hablando del mejor guitarrista de la historia del rock, el único que puede meterse en un agujero negro musical y salir indemne con tan sólo el acompañamiento de un bajo, teclado y batería. Y su inseparable Fender Telecaster. En esta ocasión, blanca. Jeff no tuvo piedad. Salió a matar desde el principio. Noqueó desde el primer tema. Miradas incrédulas, expresiones atónitas. Nos quedamos perplejos, asombrados. Un estilo sobrio, sin alardes efectistas. Se mueve poco en el escenario. Muy concentrado, toca sin púa, a pelo. Sube y baja por el mástil a una velocidad endiablada. La banda le mira, las canciones tienen un principio y un final escrito, pero el intermedio tiene una cierta improvisación. Cuando abandona el riff básico y se embarca en un terrorífico solo, ni él sabe como lo va a finalizar. La banda le sigue como si hubiesen tocado esa canción mil veces, sin embargo es la primera. No es magia, que no existe, son cosas de genios.
Nada de pedales, en tres o cuatro ocasiones se acercó a pisar uno escondido detrás de un bafle de escenario. No hay micrófono, no se canta, no hay coros, sólo guitarra, guitarra y más guitarra. La hace chillar, distorsionar, gemir. Y mientras tanto, nunca pierde la sonrisa. Es él, no es una aparición mariana, no es una visión, el tipo que nos está taladrando el cerebro es mortal pero se manifiesta con divinidad. Delante de una torre de amplificadores Marshall está su cómplice, Tal Wilkenfeld. Vive el bajo, lo disfruta, tiene una puesta en escena salvaje, puro Detroit-rock. Baila con las dos piernas, sube y baja la cabeza agitando la melena, levanta los codos y gira sobre sí misma. Aquello está desbocado, fuera del cauce. Pero Jeff se vuelve, les mira, el batería redobla y la canción vuelve a recuperar el ritmo básico. Una demostración de que el caos, según quién, puede ser reconducido. Cuando el tema acaba, la explosión de aplausos ahoga el recinto.
A poco del final, el clásico de los Beatles: «A Day In The Life». La canción más compleja que escribieron los de Livepool, irreproducible en directo por los cientos de horas que se necesitaron para aderezarla en estudio. Pero eso no es problema para Jeff. La suavidad del punteo, la dulzura de los acordes, revive la magia. Con ojos vidriosos, los recuerdos imperecederos se nos agolpan: la mente nos trae aquel día en que compramos el doble recopilatorio azul «1967–1970», un disco que contenía música igual de sofisticada, igual de bella, igual de hechizante.
Hora y media después se despide. Nada de solicitar bises berreando las consabidas chorradas ordinarias como si se estuviera en un estadio. El público le pide más con la misma elegancia con que nos ha tratado él: en pie, aplaudiendo con todas las fuerzas. Así tres minutos hasta que salen nuevamente. Jeff está emocionado: es el mismo reconocimiento que le daban a Herbert von Karajan en Berlín. Se desplaza hasta un lateral del escenario y con voz tímida da las gracias y presenta a la banda. Está feliz, radiante, el concierto ha sido perfecto y nos quiere devolver tal derroche de gratitud. One, two, three y Tal Wilkenfeld martillea con su bajo Sadowsky los primeros acordes de «Peter Gunn». Locura generalizada, fuera la compostura. Aquí se acabó el saber estar. Como en un vulgar concierto de rock, todos contra el escenario, a verlo de cerca, a tirar fotografías. Fin. Bajamos de la nebulosa y marchamos silenciosos para casa previendo otra noche de insomnio reventada por las emociones. Es inconfundible, irrepetible, único. Friedrich Nietzsche estaba confundido: Dios sí existe. Y toca la guitarra. Y no es Clapton.
Autor: Manuel Beteta







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