Conciertos
05-05-2010
Iggy and The Stooges. La Riviera, Madrid
Desconfío de este tipo de reuniones tras haber sido engañado muchas veces. Nunca he entendido estas funciones donde la nostalgia se da la mano con el espectáculo festivo quedando la música relegada a un segundo plano. Es preferible que la leyenda permanezca intacta, que la almacenemos con la pureza e intensidad con la que nos golpeó. Me siento que violo, profano, mis propios recuerdos. La memoria, ¡ah, la memoria!, ¡qué diligente ella!, ¡con cuánto cariño nos trata! Corta y elimina lo innecesario, nos acaricia dulcemente y nos regala felicidad trayéndonos las mejores experiencias una y otra vez.
A los Stooges hace tiempo que me los dejé de creer. Tras el fiasco de «The Weirdness» y la obsesión de Iggy por interpretar incesantemente su papel me hizo acudir con temor. Dudaba que James Williamson, tantos años retirado de la música como alto ejecutivo de Sony, pudiera alcanzar el nivel necesario para ser nuevamente killer guitar de los Stooges. Dudaba que pudieran superar aquel memorable concierto en el Azkena de 2003 con la banda engrasada a todo trapo y, especialmente, Ron Asheton descerrajando guitarrazos en un ángulo de 180° de los que no se libraban ni los agazapados en las últimas filas.
Pero, sinceramente, me pudo la curiosidad. Jugaba a mi favor las sucesivas reediciones de «Raw Power», el disco más infeccioso de la historia. La de 1997, producida por Iggy, y la DeLuxe de 2010, que viene acompañada de un segundo CD titulado «Georgia Peaches», un concierto en Atlanta en octubre de 1973. Ambos álbumes capturan la fuerza de la última formación en toda su plenitud, agujas aparte. Con estos alicientes, y con el de poder escuchar por primera vez en directo el álbum «Raw Power» entero —temas a los que Ron tenía un especial odio por haber sido relegado a bajista y siempre se negó a interpretarlos en directo— arrinconé mis prejuicios, decía, y allí me planté, instalado en medio de la multitud cervezas en mano.
Con su pellejo reseco, pero fibroso, irrumpió salvajemente Iggy mientras los acordes de «Raw power» inundaban la sala. Inicio auténticamente brutal al que siguieron «Search & destroy», «Gimme danger» y «Your pretty face is going to hell». El delirio estalló cuando en los primeros acordes de «Penetration» Iggy dejó subir a una docena de personas al escenario.
Al sonido le faltaba volumen. Era confuso, sucio y ligeramente distorsionado. El habitual de La Riviera. Quizá en otra banda hubiera afectado a la calidad, sin embargo, dotaba a la banda de un aura especial, sonaba a «Metallic KO», a disco pirata, a sello Bomp, a outtake guarro de Skydog, a lo que llevamos escuchando años. En definitiva, es el sonido como tienen que sonar los Stooges.
Allí estaba él. Allí estaba yo. «Death trip». «Cock in my pocket». Se escupió en el pecho. «I got a right». «I wanna be your dog». Saltó sobre el público. «1970». Se contorsionó. «L.A. blues». Se movía cual gacela por el escenario. «Night theme». Sudor frío. «Beyond the law». Empezó a faltarnos el aliento. «Open up and bleed». ¡Mierda, se acabó la cerveza!
A James Williamson no se le puede reprochar nada, estuvo muy por encima de mis expectativas, un leviatán guitarrista que me teletransportó de Madrid a Detroit. Y también Mike Watt, del que nunca he dudado de su inconmensurable talento. Poco más de una hora y replegaron. Volvieron con «Fun House», «Johanna y «Kill city», que astutamente habían reservado para los bises. Quince minutos después Iggy se despidió con un simpático: "This is it, motherfuckers!". Quizá ya no se acuerde del concierto de Madrid. Yo sí. Siempre. Está guardado en mi memoria.
Fotografía: Verónica Sánchez

Autor: Manuel Beteta







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