Conciertos
13-04-2010
Freakland 2010. Ponferrada, León
“El Apocalipsis empezará en Ponferrada” (Freakland 2010)
Recién llegado de mis vacaciones espirituales de Semana Santa vengo totalmente acongojado (permitan que no use otra expresión más fuerte, debido a mi cargo eclesiástico), y escribo estas líneas cual Kierkergaard, con puro temor y temblor en mis manos, tras lo vivido y acontecido durante tres días con sus maléficas noches en una en apariencia tranquila y apacible villa situada en el Noroeste peninsular de esta nuestra antaño noble patria española, esta piel de toro tradicional, culta y sabia, libre de modernidades y de perniciosas influencias extranjeras, desprovista de modismos perjudiciales para nuestra hasta hace poco saludable juventud, modas anglófilas de jóvenes melenudos que bailan ye-yé, de patilludos tatuados con pantalones de entrepierna ajustada, y de jovencitas descarriadas con faldas por encima de las rodillas que beben y fuman como si fueran camioneros de Porriño. Tras estos poco recomendables hábitos que no hacen si no llevar a nuestra juventud al desmoronamiento total y a nuestro país que no en vano fue llamado “la reserva espiritual de Occidente” a la ruina y el caos absolutos, no hace falta ser demasiado inteligente para advertir detrás de todo ello la mano maligna del demonio, al que por cierto, pude ver hecho carne el mismo Viernes Santo por la noche vestido de rojo y armado con su tridente.
Como digo, fui invitado a la pequeña ciudad de Ponferrada por una vieja sirvienta mía de mi época de párroco en Barruecos del Casco Ligero, ahora casada en tierras bercianas con un afable horticultor llamado Tomasón. Viajé ligero, atraído por sus procesiones en tan señaladas fechas de Semana Santa y sobre todo por un extraordinario alimento al que llaman botillo que bien regado de un poderoso vino tinto de mencía dicen que da fuerzas sobrehumanas a quien lo consume y que su cuerpo se ve poseído por un calor indescriptible que admito me hizo tener mis grandes dudas, pues sabido es que el diablo busca engañarnos y llegar hasta nosotros por medio de todo tipo de argucias y artimañas, y una de ellas es disfrazarse de alimento encima de nuestro mantel. El caso es que, hablando de asuntos del demonio, me esperaba una terrible sorpresa cuando llegué a casa de Tomasón y Piadosa, mis amables anfitriones, y es que ambos habían concebido años ha a una dulce muchacha ya en edad de merecer llamada Milagritos, a quienes fue encomendada la tarea de servirme de guía y acompañante en los píos días de la Semana Santa, ya que mis buenos receptores aludieron a problemas de salud y tareas domésticas para no acompañarme en mis paseos por la ciudad, aunque a juzgar por el rechinar de los muelles de su lecho conyugal que pude escuchar cuando llegaba por la noche, creo que en realidad fue una excusa para estar a solas.

Pues bien, la cosa comenzó el Jueves Santo con un placentero paseo por la bella ciudad de Ponferrada, acompañado de la simpar Milagritos, de quien admito que me chocó, ya de salida, ver como dejó en la casa su aspecto y vestuario de muchacha remilgada poco dada a levantar la vista ante un hombre, y se comenzó a comportar como una descocada peligrosa ante lo cual casi me ahogo con mi propio alzacuellos. Recuerdo que pasamos por delante de un busto, mientras por otro lado yo iba acompañado de aquel joven busto, que creí que era del viejo Johnny Cash, a lo que mi coqueta amiga me dijo que en realidad pertenecía a Luis del Olmo. Tras eso me llevó a un local llamado Cocodrilo Negro a ver a la actuación de unos jóvenes que se hacían llamar “buscadores de oro de Acapulco” que vestían impecablemente como agentes secretos al servicio de su Graciosa Majestad, ¿pero qué se creen estos anglófilos traidores? El caso es que cayó la noche con ese suave manto con el que cae la noche berciana, y cuando yo pensaba que nos íbamos a retirar a casa a comer sopa y ver “Cuéntame”, mi joven amiga se despendoló más todavía y me dijo “¡ey Padre, vamos a seguir de conciertos que estamos en un festival llamado Freakland de tres días a tope de sexo, drogas y rock and roll!”, no me dio tiempo ni a arquear una de mis cejas cual Roger Moore cuando me vi empujado por aquel psicalíptico súcubo al interior de un vehículo que a toda pastilla se dirigió al barrio de Cuatrovientos conducido por dos jóvenes en la parte delantera que bebían a morro una botella de licor blanco y se metían compulsivamente en la boca pequeñas pastillas, ya que sin duda debían tener algún problema de garganta, habitual en estas fechas. También les escuché hablar erróneamente de que “como molaba mi disfraz de cura”, ¿?
Lo cierto es que de repente me vi introducido dentro de una sala llena de jóvenes y no tan jóvenes bailando al son de un gigantesco canadiense vestido a lo Elvis Presley al que llamaban Bloodshot Bill que maltrataba una guitarra y aporreaba con los pies un instrumento de percusión, algo realmente dantesco, si añadimos a eso que estaba descalzo, sudaba, y no paraba de lanzar improperios a las damas… pero aquello fue sólo el principio, mientras un extraño personaje alentaba al personal a cometer todo tipo de desmanes desde el escenario en el nombre de un extraño trofeo, la “Copa Freak”, a la que comparó con el Santo Grial, distintas bandas de delincuentes fueron sucediéndose ante mis ojos jaleados por la endemoniada caterva allí presente. Un trío de chalados barceloneses llamados los Nu-Niles mancillaban nuestro bello idioma castellano con esos ritmos locos, y encima se atrevían a reivindicar a personajes de la calaña de Freddy Cannon, un escándalo. Cuando pensábamos que nada podía ir a peor unos cuantos americanos frisando la cuarentena tomaron el escenario provistos de diabólicos instrumentos de mitad del siglo XX para rendir culto a Satán con una música pantanosa y primitiva mientras algunas muchachas, absolutamente drogadas chillaban “¡tíos buenos!” y demás atropellos al decoro y al buen gusto. El nombre bajo el que se presentaron lo dice todo: Heavy trash (Basura Pesada). A tales hora mi acompañante Milagritos ya se había dejado magrear por media concurrencia, tanto es así que un jovenzuelo se me acercó con unas bragas rojas en las manos y me dijo “tome Padre, esto es de su sobrina”, ¿mi sobrina?, tuve que guardar aquella erótica prenda bajo mi sotana, claro, aún sabiendo que ese tipo de ropa la carga el diablo. Desesperado estaba por abandonar el lugar cuando a escena salió otro simpático tipo llamado Chris Casello, bueno, he de admitir que aquello era un poco más “amable”, un sonido fresco y límpido de una Fender Telecaster acompañado de un contrabajo y una batería, a punto estuve de sucumbir a sus encantos, sin duda era un malandrín que conocía bien su oficio y mantuvo a toda la muchachada entretenida, ah, pero yo no, en los momentos de duda me aferré a mi petaca de agua bendita etiqueta roja y permanecí impávido esperando a que la golfa de Milagritos me sacase de aquella sala llamada La Vaca, más no contenta con haberme tenido aquella noche aguantando esas cuatro aberrantes actuaciones, me llevó a unos locales de dudosa reputación llamados Bellas Artes y Tiki Bar donde unos cuantos criminales del decoro pinchaban compulsivamente viejos discos de vinilo de hace décadas, es decir amigos, no hemos evolucionado NADA.

A duras penas logré conciliar el sueño aquella noche, convencido de que el mal se había instalado definitivamente en aquella pequeña ciudad de Ponferrada, y cuando apenas había conseguido dormir un poco ya frisando la mañana gracias a relajarme mirando revistas de monaguillos, se abalanzó sobre mi cama la feroz Milagritos enfundada en un picardías transparente que provocó en mi ese efecto de despertar, como dicen los jóvenes, “con la tienda de campaña”. No obstante, pensé que con el día Milagritos volvería a su dulzura habitual y desayunaríamos un tazón de leche con unos sobaos, pero hete aquí que este monstruo surgido de quien sabe que abismos, insistió en que acudiéramos nuevamente al llamado Tiki Bar que iba a tener lugar una cata de vinos españoles y franceses organizada por un joven alocado llamado Titín, y así me vi a las cinco de la tarde entre botellas de espumoso, viendo como la garra nunca satisfecha del demonio volvía a atrapar a aquella despreocupada y hedonista juventud.
Cuando pensaba que podría tener un poco de descanso vespertino, fui empujado nuevamente al llamado Cocodrilo Negro donde unos tales Justicieros perpetraban toda clase de atropellos contra la dignidad de la armonía. Al parecer eran gallegos. ¡Ay Galicia, quien te ha visto y quien te ve!, de darnos a España al Caudillo a darnos estos rockeros del demonio. Pero lo peor, sin duda, estaba por llegar… Milagritos y su trouppe de alcoholizados consumidores de estupefacientes volvieron a llevarme a esa sala La Vaca, donde la cantidad de sujetos estrafalarios y chalados varios era cada vez mayor… como digo incluso me topé con el mismísimo demonio, panzudo, echado a perder, y con acento gallego. El escenario, de repente, fue tomado por auténticos simios ataviados con chaquetas de teenager americano, todos en pandilla haciéndose llamar los Kongsmen, soltando alaridos y arrojando bananas al (poco) respetable. Todo encaja, el mono, la deformidad humana, ese ser que el pérfido Darwin quiso hacernos creer que es nuestro padre, una vez más sirviendo de arma del diablo. ¿Pero hasta dónde se va esta gente de Ponferrada a buscar gentuza?, unos rockeros de nada menos que Finlandia aparecieron de repente, chulescos y repeinados mientras la gente se desencajaba poseída por el rock and roll y yo que sé que sustancias. Pero mis queridos amigos, cuando uno piensa que ya lo ha visto todo y no sé puede caer más bajo, llegó el auténtico armageddon en forma de simpático y elegante calvo de maneras mefistofélicas. Sí amigos, un conocido personaje de la cultura española llamado Micky, que en la década de los 60 contribuyó a la debacle espiritual y moral de nuestra cultura con esos perniciosos ritmos que llaman de garage y rythm&blues, y que en los 70 y tiempos posteriores fue redimido gracias al entrañable y familiar festival de Eurovisión, hizo acto de presencia de la peor manera posible, volviendo a sus más diabólicas y perversas raíces, rindiendo tributo a músicos afroamericanos como Ray Charles o Rufus Thomas y haciendo corear al público esos temas con los que agitó a la juventud española en los 60 como “I’m over” o “Ya no estás”, canciones incitadoras a la rebeldía juvenil, a la emancipación, y todo eso, ¡a su edad!, menudo ejemplo para las nuevas generaciones, esas que debieran servir de purificado relevo, que ven como los rebeldes de los 60, lo siguen siendo en el siglo XXI.

Y claro, como no podía ser de otro modo, Milagritos se empeñó en volver a llevarme a esos tugurios de la noche anterior, donde aquellos gamberros seguían haciendo girar sus discos hasta que llegaba la mañana y tenían que salir a la calle con gafas de sol para que nadie se diese cuenta de su lamentable estado.
A esas alturas de la Semana Santa yo ya estaba hecho un ecce homo, todos mis buenos propósitos se habían arrojado por la borda. Tuve pesadillas con Micky, el hombre de goma, sujetando un tridente mientras yo ardía en una caldera y Milagritos en la de al lado, se consumía mientras se frotaba contra Jon Spencer… aquellos eran enormes momentos de debilidad, pero gracias a mi petaca de agua bendita etiqueta roja y la escucha en mi viejo walkman de las cintas de Cura & the Gang pude soportar aquellos momentos de ruindad absoluta.
Y llegó el sábado, y lo poco que quedaba de mí salió arrastrado de la cama por la pérfida Milagritos, y nuevamente me llevó a una cata de vinos, y nuevamente antes de que llegase la noche me condujo a otro ritual diabólico de rock and roll, en esta ocasión perpetrado por unos toledanos, ¡Toledo, con lo que tú fuiste, ciudad imperial!, en el Bellas Artes, aconteciendo un infierno de alaridos, guitarras fuzz y órgano Farfisa. Las Aspiradoras decían llamarse, tengan cuidado, estoy seguro de que su única aspiración es aspirar sus almas.

¿Y qué decir de la orgía nocturna que se avecinaba?, si las dos noches anteriores habían sido una reivindicación de rock and roll primitivo y sexual de bajos instintos, el sábado Milagritos decidió torturarme con un ruido atroz que casi hace sangrar mis temerosos oídos, empezando por un sujeto deleznable a los platos con pinta de comedor compulsivo de pizza y lector de comics Marvel, punk, punk y más punk, un dolor anímico que cobró mayor fuerza cuando unos tales Cancerberos, con aspecto de acabar de salir de la Modelo de Barcelona tomaron el escenario a guitarrazo limpio, pero amigos, eso fue sólo el principio, tras ellos unos noruegos de nombre Twistaroos pusieron el escenario patas arriba con una bomba sexual rubia al frente ataviada con un vestido que dejaba bien poco a la imaginación, que escándalo. El demonio y sus tentaciones allí presentes. Pero la constatación de los peligros que les llevo varias líneas advirtiendo llegó minutos después, cuando los organizadores de todo aquel engendro decidieron entregar esa Copa Freak de la que tanto hablaban a… ¡el mismo demonio rojo que había visto la noche anterior!, queridos amigos, ¿NECESITAN MÁS PRUEBAS?, para celebrar aquella venida de la bestia, aquel comienzo del Apocalipsis, unos británicos con aspecto de gansters llamados Godfathers salieron a rematar la faena con un sonido absolutamente demoledor y una actitud claramente desafiante. Aún tuve ocasión de comprobar más aberraciones, y de asistir a un akelarre salvaje que tuvo lugar en los bares nocturnos de las noches anteriores, donde se reunieron seres de todo tipo, faunos, sátiros, animales con pezuñas negrísimas que movían la mandíbula compulsivamente y emitían sonidos incoherentes mientras bailaban alrededor del tótem luciferino de la cabina del pinchadiscos, todo ello hasta el mediodía del domingo.
Así pues, amigos, les aseguro que el Padre Carras después de lidiar contra el demonio tenía mejor aspecto que yo aquel desgraciado Domingo de Pascua en el que mis anfitriones Tomasón y Piadosa me despedían diciendo “Padre, ¿lo ha pasado usted bien?, ¿le ha cuidado Milagritos?”, mientras yo sólo acertaba a balbucear con un hilillo de voz “si… si…” mientras daba generosos sorbos de mi petaca de agua bendita etiqueta roja.
Monseñor Joseph K. Brown, Ciudad del Vaticano, a 9 de Abril de 2010
Fotografías de Heavy Trash, Cosh Boys, Twistaroos, The Godfahter: Miriam Chacon
Fotografía Las Aspiradoras: muzikalia.com
Fotografía Diablo: Gabba
Autor: Pepe Kubrick







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