Conciertos
11-12-2009
Editors. Palacio Vistalegre, Madrid
Vaya por delante la primera y única certeza sobre el concierto de Editors en Madrid: el disco de cabecera de todos los presentes sigue siendo An End Has a Start (2007), cuyos temas provocaron los momentos más aplaudidos y disfrutados. Porque Editors siguen siendo un grupo en el que confiar, pero tal vez se hayan pasado de listos abandonando ese rock épico que les podría catapultar sin peajes hasta los estadios de medio mundo y abrazando sin complejos nuevas canciones de fe y devoción difíciles de digerir.
Porque la banda que hace un par de años escasos daba la impresión de tener potencial para petarlo todo como un tornado ahora parece atrapada en las salas de gran formato. Pasar de 3.000 a 10.000 personas nunca fue sencillo, pero reconozcamos que conciertos como el de esta noche no ayudan a dar el salto cualitativo, por más que tu público lo dé todo, lo perdone todo, lo baile casi todo y cante todos y cada uno de los estribillos. Tocar tantos palos diferentes no ayuda a crearse una identidad propia tampoco. Por otro lado, tal vez deberían prodigarse menos por tanto festival y crear así algo de expectación en cada nueva visita.
Lo que no se puede perdonar a ciertos niveles es que una torre de sonido pete a la media hora de concierto y obligue a pararlo todo. Cierto es que este incidente le puede pasar a cualquiera -que yo haya visto en Madrid, le pasó una vez a Bunbury, otra a Audioslave en un Festimad, e incluso Goldfrapp tuvieron que parar definitivamente una actuación teloneando a Coldplay-, pero no menos cierto es que jamás había visto a un técnico entrando en el escenario para tocarle en la espalda al cantante y comunicarle que aquello era el último gran desastre del año. Un poema la cara de Tom al girarse y encontrarse al pipa en mitad del escenario.
Este parón jodió un concierto que había empezado frío y con un sonido regulero pero que iba evidentemente a más. Gastar la que posiblemente sea tu mejor canción -And End Has a Start- en el segundo peldaño también puede considerarse otro error, puesto que no es más que disparar al aire, pero claro, los chicos no contaban con los desastres técnicos, pero es que el repertorio irregular, con altibajos sangrantes, también fue culpable de que Editors no salieran por la puerta grande. En términos taurinos podría decirse que se llevaron una oreja y ovación cerrada. Pero el toro enfiló el camino al matadero con el rabo intacto, algo que puede considerarse una orgullosa y digna victoria para quien está destinado a morir sangrando públicamente.
Después del parón de casi diez minutos costó retomar la marcha, pero incluso los ciclistas mediocres enganchan con el pelotón en una etapa de abanicos entre Albacete y Ciudad Real después de un pinchazo traicionero. Y Editors también lo consiguieron esta noche, si bien les costó lo suyo y Tom tuvo que poner toda la carne en el asador para conseguir una piel bonita y tostada. Se retorció, gritó, espetó, bramó, arengó y, joder, sí, después de todo, logró calentar otra vez al personal. Gracias, eso sí, a que el sonido, perdido totalmente en el parón, también recuperó intensidad, aunque siempre un punto por debajo de lo deseable... las conversaciones de la gente eran demasiado fáciles de escuchar y la base rítmica nunca terminó de petar. The Racing Rats fue el momento a partir del cual todo volvió a fluir con talentosa naturalidad.
Fotografía: Pablo Nicenboim Molina
Autor: David Gallardo López







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