Entrevistas

 

28-02-2011

Christina Rosenvinge, expresividad contemporánea


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Presentar a Christina Rosenvinge sin repetirse es imposible. Conocida y reconocida en el panorama musical, está de actualidad porque acaba de salir a la venta su último trabajo, “La joven Dolores”. Mantiene similitudes con el anterior “El labio superior” y añade sugestivas novedades. Conviene empezar por las que aportan la instrumentación y su implicación al componer: 

Es interesante el cambio de usar el piano en lugar de la guitarra, parece que te anima a experimentar más fácilmente, quizás por la posibilidad de ver el teclado o por la disposición de las notas ¿no es así?

Yo no tengo educación musical. Lo que hice fue pedirle el libro de canciones  de Bob Dylan al profesor, lo fotocopié y con eso hasta hoy. Y no es porque lo desprecie, sino porque soy mala alumna, me pasaba lo mismo en el colegio. En vez de dejar que me enseñen siempre intento hacer las cosas a mi manera, ellos se desesperan… Soy totalmente autodidacta. Es verdad que el piano me lleva a otro mundo. En guitarra sabía ciertas posiciones, unos cuantos acordes raros que había encontrado casi por casualidad pero no sabía lo que estaba buscando; al pasar al piano fue cuando empecé a entender algo. Fue cuando entendí especialmente los acordes suspendidos, la relación entre ellos, qué intervalos me parecen más interesantes, y empecé a buscarlos deliberadamente.

¿Esa circunstancia te lleva a probar y usar otras armonías?

Antes de llegar al piano no sabía nada de eso, y lo hacía de una manera casual. No era consciente de la tonalidad en la que estaba, ni de los compases. De repente escribía música y los músicos me preguntaban: -¿en qué tonalidad estás?- Me quedaba un rato pensando y decía: creo que…

Pero muchas veces, de hecho, eso me llevaba a hacer medidas inusuales como alternar compases de tres y cuatro, sin ser consciente de que lo estaba haciendo, simplemente me parecía que la melodía funcionaba con esa clase de patrón. Con el piano, efectivamente, es cuando he empezado a entender; aunque toco casi siempre inversiones y a veces me cuesta mucho saber qué es lo que estoy tocando, he empezado a entender la teoría de la música.

Hay una canción, “Mi vida bajo el agua”, donde llama la atención cómo usas las dos notas del inicio y vas contrastándolas.

Bueno, eso tiene su explicación. Me quedo tan contenta cuando veo que alguien se ha dado cuenta de eso. Porque claro, una hace esas cosas sin saber muy bien si alguien lo va entender. Tiene su historia.Teníamos esa canción, la habíamos grabado con el piano del estudio de Sonic Youth, un piano viejísimo y desafinado que tiene un siglo. No conseguimos que funcionara y que sonara bien. No buscaba un sonido honky tonk, o funky; buscaba un piano de verdad, clásico, que sonara con mucho peso. Entonces, grabé los pianos allí pero no me gustaron y los volví a hacer en Madrid; ahí me di cuenta que faltaban cosas en la canción. La cuestión de esas dos notas, que tienen disonancia, la preparé con muchísimo cuidado. Usé pinzas de depilar, imperdibles…y los metía entre las cuerdas haciendo el truco de John Cage para que sonara extraño. Mi idea es que fuera un sonido como el de los sónar en las películas. Entonces grabé esas notas aparte, para que de una forma natural, que no fuera sintetizado, tuvieran un sonido peculiar que resultara inquietante.

Junto al piano clásico has introducido el violonchelo sin enchufar, ¿cuál es la intención de esta instrumentación?

Mi intención es buscar la expresividad de la música contemporánea y llevarla al rock. El chelo también es un instrumento muy versátil. Tanto el piano como el chelo tienen el poder del instrumento acústico, de la madera, que es mucho más orgánico que una guitarra eléctrica. Aunque una guitarra eléctrica, en un escenario grande o en un festival, no tiene competencia, sin embargo, a pequeña escala, en una habitación, el piano de cola, sobre todo si puedes jugar con la sonoridad preparándolo, como el chelo, tiene el poder de las dos cosas, de lo armónico y de lo abstracto. Tengo la sensación de que la guitarra es un instrumento con el que no me expreso tan bien, me cuesta; es como si sintiera una torpeza enorme en las manos. 

Además de la influencia de la música francesa, se aprecian pinceladas de Philippe Grass y John Cage, centrados en crear determinadas atmósferas, ¿es posible?

Totalmente cierto. Por ejemplo, en el estribillo de esa canción (“Mi vida bajo el agua”), está todo tocado con inversiones; en realidad, lo que yo estaba intentando cuando lo hice es que me sonara a Ryuichi Sakamoto. Sí es verdad que he oído mucha música de cine: Philip Glass (BSO Las horas), Sakamoto (BSO El último emperador), y también a John Cage. Eso te impacta mucho como instrumentista, porque el piano es un instrumento tan abierto, tan lleno de posibilidades…: puedes hacer ritmo, puedes ser bruto, puedes ser delicado, tiene un margen para expresar emociones mucho más grande que la guitarra. Satie, por ejemplo, ha sido de alguna manera una influencia muy lejana. Si te pones a tocar el piano oyendo a todos los grandes maestros te deprimes, sin embargo, cuando oyes a Satie dices: -¡Ay!, qué cosas tan pequeñas y tan delicadas y todo ese aire ahí en medio...-Me da la impresión de que el piano clásico, en todas sus posibilidades, es infinito. Creo que en realidad estoy empezando. 

Eres madre y uno de tus hijos participa en el tema “Jorge y yo”. Este acercamiento al mundo musical habrá supuesto que te hayas preguntado la manera en la que quieres que ellos vivan este arte. ¿Cómo te has planteado su educación musical?

Es un tema que me cuestiono a menudo con los padres y madres que conozco: ¿qué es mejor sobre la educación musical, tenerla o no tenerla? La educación musical es maravillosa pero por otro lado te limita. La ignorancia te hace audaz: como no sabes te lo inventas, y entonces uno nunca sabe qué es lo mejor. Es difícil congeniarlo. Yo siempre he estado muy acomplejada por no tener estudios, sin embargo, los músicos que saben me han dicho: -no estudies, no lo razones-. 

¿Cómo es en EEUU la educación musical?

Allí hay de todo. Hay mucho músico instintivo. Por ejemplo, Chris Brocaw es totalmente instintivo, no te pregunta… te dice -tócame eso- y él lo saca y busca su parte. Pero Jeremy Wilms, que toca el bajo y que he escrito muchas canciones con él y es uno de mis músicos favoritos en este mundo sí que tiene educación clásica. Empezó tocando la guitarra, llegó a un punto en el que dijo que ya no podía seguir tocándola por exceso de educación y se pasó al bajo. Y ha aprendido solo a tocar el piano.

Entonces ¿educación clásica o instinto?

No he optado por la educación  clásica. Mi hijo el mayor lleva mucho tiempo tocando y el pequeño empieza ahora. No he optado por lo clásico, pero saben más que yo. Saben leer partituras, cosa que a mí, con la memoria de pez que tengo me encantaría, porque tengo que aprender todo de memoria y me cuesta mucho. Pero depende del niño, es algo que no se puede forzar.También heredan de ti. Los niños heredan de ti el entusiasmo que tienes, cómo escuchas, cómo les enseñas, les vas dictando tú la música que van a oír, lo que dices… 

Tu nuevo disco, “La joven Dolores”, supone una continuidad con el anterior. Es un estilo reconocible, pero algunos lo entienden como un trabajo difícil, al que hay que escuchar más de una vez para poder apreciar. ¿Es esa tu intención?

Eso no me lo planteo cuando lo estoy haciendo. En general, la música tiene un primer impacto: al principio, lo que tú percibes, cuando no te aprendes la canción, ni nada de eso. Saber la melodía y lo que sigue es lo que funciona, por repetición. La música que estoy haciendo ahora, para mí, tiene un sonido con el que tienes que entrar, una intensidad, la voz...es un ambiente. Y luego, la canción. En ese sentido creo que lo que estoy haciendo es fácil. Para apreciarlo tienes que oírlo varias veces y leer las letras y demás. Pero es música hecha con la intención de estar muy cerca, que cuenta relatos, no son letras abstractas. Sigue el esquema de estrofa - estribillo, no hay partes improvisadas en mitad de la canción… Estoy intentando hacer música muy cercana a la gente, que es lo que necesito yo ahora mismo. 

¿Hay alguna canción que hayas decidido no poner porque resulte rara o complicada?

En este disco tenía ese problema con una canción en concreto, “La noche del incendio”. Es una canción que no tiene una estructura pop, que se basa en cosas que he escuchado no se sabe dónde, y que incluso para los músicos, cuando la tocan, a veces reaccionan en contra porque les resulta complicado, pero para mí funciona. Yo las oigo como una pieza y funciona; no tiene estrofa, no tiene estribillo, es toda una historia. Ése es el punto de riesgo que tiene el disco. Para mí (La joven Dolores) es como mi niña bonita porque es una apuesta personal. Estoy muy contenta con cómo ha salido. 

Y respecto a las letras, ¿que haces primero, la letra o la música?

A veces una cosa y a veces la otra. Hay veces que tengo toda la canción entera y le pongo letra y hay veces que va de la mano.

¿En qué te inspiras para escribirlas?

Es gracioso, las letras vienen de sitios muy distintos: desde adaptar textos clásicos o reinterpretar mitos antiguos hasta frases que yo he puesto en un mensaje y que a veces la pongo y digo ¡voy a guardar esto! Justo esas frases que guardo son muchas veces las que utilizo. 

Con unas letras tan íntimas, ¿no te sientes expuesta al público?

Ahí está el dilema de tu privacidad contra tu oficio de escritor. Cuando yo me doy cuenta de que he escrito algo muy bueno pero que estoy revelando mis secretos tengo que poner la balanza y pensar ¿qué quiero: escribir esto tan bueno que me parece tan bonito y que todo el mundo sepa en qué clase de miseria ando metida?Al final siempre acabo poniéndolo. 

¿Te ayudas de tu voz para incrementar la tensión cuando es necesario?S

ale así, pero también es cierto que a mí no se me da bien gritar. Soy el tipo de persona que cuando está en una discoteca con todo el mundo gritando, a mí no me oye nadie. Me desenvuelvo mejor así. Por eso también toda la música suena contenida, me gusta dejar espacio para la voz y que la música no sea invasiva. Cuando pongo un CD en mi casa no quiero que me griten en la oreja. Prefiero la música que me rodea pero que no me invade. Entonces intento hacer lo mismo: música respetuosa con la gente.  

¿Ahí es donde entra en juego tu uso del castellano, a veces demoledor por lo suave de tu interpretación?

En ese sentido, lo de ser mujer juega a favor: estamos tan habituados a oír hombres que cuando lo oyes desde la voz de una mujer siempre tiene otro tipo de impacto,¿no? 

La música y las letras hacen que este trabajo resulte difícil de clasificar en un estilo…

Bueno, todo esto se puede englobar en pop de autor. Es música pop, porque funciona con las reglas de la música pop, pero cada uno lo hace a su manera, incorporando sus ideas; es algo personal en el sentido de que no se hace en un estudio con un productor y un montón de gente implicada. Es una visión de una sola persona, y además, operas con total libertad.

¿Crees que se está abriendo un pequeño camino hacia otras opciones musicales?

Lo que he comprobado es que la industria musical minusvalora la capacidad de la gente, del público. Me encuentro con que canciones rarísimas, apuestas personales arriesgadísimas, le gustan a gente que no tenía por qué gustarle eso. La música que oyen no es próxima a eso. Es decir, el público también tiene cierto agotamiento de oír siempre las mismas fórmulas y de que se parta de la base de que tienen una sensibilidad de esparto. Creo que la diversidad es fundamental.

Habiendo elaborado tu disco con tanto cuidado, ¿qué opinas de la numerosa música de consumo rápido que hay en España, y de los músicos que la hacen?

Hombre, a riesgo de resultar agresiva, te diré que para mí ese tipo de cosas, lo que sale de Operación Triunfo, ni siquiera lo llamo música. Para mí la música es un vehículo social, pero no creo que ésa sea la finalidad en sí misma. No se está inventando nada nuevo, se están reciclando cosas de mala manera, cosas que ya existían y han sido buenas en su momento. Creo que se maltrata mucho. 

Respecto a la “ley Sinde” habías comentado que sólo iba en una vía, ¿cuál?

Internet, las telefónicas, y todas las empresas asociadas a esto de las descargas han reemplazado a las distribuidoras, que eras las que ponían los discos en las tiendas. Creo que la industria discográfica ha sido lentísima en darse cuenta de qué iba a ocurrir y en reaccionar. Han reaccionado mal. Era algo que tenía que haberse hecho desde un principio y de una manera gradual.

Se estaban lucrando mucho…

Exacto. Se han aferrado a su viejo modelo con el que ellos se estaban llevando un trozo muy grande. 

¿Tienes alguna idea sobre cómo deben defenderse los artistas?

Es una cosa de sentido común. Hay que legalizar esta nueva forma de distribución, es decir, las páginas web tienen que ser legales. Telefónica tiene que entrar en el tablero de juego y repartir los beneficios infinitos que están teniendo con este negocio. Al mismo tiempo todo esto se tiene que reinvertir en crear más músicas, más películas…lo que sea en vez de estrangularlo. Creo que los nuevos elementos tienen que entrar en el juego y aceptarlos. Entonces, ¿lo de la ley Sinde? Es que creo que lo de pretender que los usuarios, por buen rollo, paguen cuando pueden no pagar…lo veo muy difícil. Veo cómo son los chicos ahora y lo veo imposible. Los que tienen que hacer eso son las empresas asociadas, telefónica, la páginas web y todo esto, en lugar de poner el dilema al tío que quiere comprarse un disco y que con esos 20 euros puede comprarse otra cosa. 

Ahí influye la personalidad española, ¿no?

Sí, es cierto que también entra la personalidad del español, pero también es cierto que los CDs aquí eran muchos más caros, respecto a los sueldos, comparados con otros países; por eso también se ha llegado a esta situación. Pero vamos, no hay que dejar el dilema al usuario, hay mucha gente que está haciendo ganancias y que son a los que hay que cuestionar, se están lucrando con publicidad y vendiendo los datos de todos. No es cultura libre, estás vendiendo tu… saben hasta dónde vives y a qué hora comes; no es verdad que sea libre. Lo estás pagando muy caro. 

Y para acabar ¿ésto es una trilogía?

En principio no. A lo mejor a petición popular…acabo haciendo la tercera parte, como con las películas.  

Fotografías: Alberto Martin Sanchez-Ballesteros

Autor: Esther Martin Sanchez-Ballesteros

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