No hace falta ser un sinvergüenza para hacer un disco sin vergüenza. BANANI lo ha hecho con su nuevo trabajo. El músico barcelonés, que lidera y da nombre a su nueva formación, puede parecer un poco gamberro, pero no es un granuja sin escrúpulos: simplemente no siente vergüenza porque no tiene nada que esconder, porque su lenguaje musical es sincero, profundamente personal y mundano, cero pretencioso. Su nuevo disco, El Arte Del Terciopelo, es un compendio de vivencias y observaciones narradas en primera persona, sin ánimo de convertir sus opiniones en dogmas ni sus aprendizajes en filosofía universal. Es un retrato sin maquillar de lo que piensa, siente y vive, sin hacerse pasar, como hacen otros músicos, por pensadores-wannabe. Porque su música es su verdad, nada más que su verdad.
Editado en colaboración con el sello Magic in the Air, el segundo álbum de BANANI se presenta casi como un espacio lúdico. Ya no solo por el plano lírico: divertido, siempre punzante, vacilón y modesto a la vez, sino también por lo mucho que su autor ha jugado vistiendo y desvistiendo sus voces con melodías, instrumentos y armonías; como un arquitecto que disfruta forrando con su sello genuino y personal las estructuras que construye. Partiendo de una base garagera, con guitarras descaradas y un sonido sin complejos, BANANI coquetea con influencias de la psicodelia sesentera, del rock de los 90 y del indie de los 2000; pero siempre sonando a sí mismo.
Sin embargo, en El Arte Del Terciopelo BANANI no habla tanto de sí mismo como de aquello que observa en su entorno. A excepción de ‘Gato’, un corte de guitarras vidriosas influenciado por Pavement con el que define su estilo de vida desde la autonomía y la mimosa rebeldía, capaz de caer de pie y de volver a levantarse, el grueso de su discurso trasciende la individualidad. |