Conciertos
27-05-2009
Azkena Rock Festival. Vitoria
De unos años a esta parte, el Azkena es el motivo de que unos cuantos miles de aficionados al rock peregrinemos hacia la capital vitoriana en busca de una buena dosis de rock, de buena música, ésa que está exenta de exigencias comerciales. Cierto es que hay muchos otros festivales a lo largo y ancho de nuestra geografía, pero el Azkena reúne una serie de circunstancias que lo hacen distinto, especial, probablemente el mejor, al menos para un puñado de adoradores del rock... La clave es la selección del cartel, que está hecha con muy buen gusto, con mimo, sin pensar en cuáles son los últimos hypes lanzados por el NME o por cualquier otra publicación que siga un criterio ajeno al de la valía musical. Precisamente eso garantiza que no haya una masificación excesiva y que el público, en su gran mayoría, acuda al festival por la música y no por lucir palmito. Y, finalmente, todo esto redunda en unas dimensiones asequibles, que significa que no hace falta recorrer una infinidad de kilómetros a lo largo del día y que no tengas que esperar diez minutos para mear o pedir una cerveza.
La fiesta arrancó el jueves, pero para muchos la primera toma de contacto tuvo lugar el viernes en la Plaza de la Virgen Blanca, a la hora del pintxo: Eli “Paperboy” Reed saltaba solo al escenario a defender sus canciones, con la única ayuda de una guitarra. Semidesnudas resultaron igual de efectivas, incluso sirvieron para reconciliar al artista con quienes habíamos quedado decepcionados por su actuación sólo dos días antes en Madrid. Pese al atractivo gastronómico de la capital alavesa, no convenía demorar demasiado la llegada a Mendizabala porque a los californianos Howlin Rain les tocaba lidiar con la hora de la siesta y su excelso “Magnificent Friend” les había convertido en una de las revelaciones de 2008 con esa magnífica fusión de poder y delicadeza, como la imposible colisión de Blue Cheer con Love. El Comets On Fire Ethan Miller, jugaba al despiste enfundado en una camiseta de Public Enemy, porque en realidad sus canciones te teletransportaban directamente al San Francisco de finales de los sesenta y el tour de force entre órgano y guitarra se saldaba con el regocijo de unos cuantos cientos de personas sonriendo mientras agitaban las cabezas, arremolinadas ante el escenario Ron Asheton y bajo esa carpa rojiblanca que no pudo celebrar un nuevo triunfo copero de los leones. Sencillamente impresionante y una de las mejores actuaciones del festival, merecedores, sin duda, de un mejor horario que les garantizara una audiencia acorde a su calidad y esperemos que en futuras ediciones del festival se haga justicia. Tocaba acercarse al escenario Lux Interior, el grande. Allí los elegantes canadienses Elliot Brood desplegaron con gracia su sonido: acústico pero distorsionado, country freak que alcanzó su máxima expresión cuando tiraban de banjo o ukelele. Tras ellos llegaba otro de los platos fuertes del festival, Dr. Dog, uno de esos grupos que sólo puedes ver en el Azkena, que no encajan en ninguna moda, pero que maravillaron con esa deliciosa mezcla de rock, pop, folk y una pizca de psicodelia propulsado por la titánica pegada de su batería. Si eres de los que piensa que “Fate” fue uno de los grandes discos de 2008 te aseguro que en directo te habrían hecho levitar, con esas canciones y las posibilidades sonoras que ofrece el poder tocar con dos teclados o dos guitarras en cualquier momento… El único inconveniente fue el sonido, que no acabó de cuajar, aunque tampoco lastró su actuación ni entusiasmo.

Lo bueno y lo malo de los festivales es que te encuentras con un montón de conocidos, y durante la actuación de los Fabulous Thunderbirds tuvo lugar un multitudinario encuentro con amigos y compañeros del Ruta 66, así que sólo pude disfrutar de ellos en la distancia... Eli “Paperboy” Reed –esta vez acompañado por los True Loves- estuvo tremendo y desde el primer momento conectó con una audiencia que creyó estar viendo la reencarnación de Otis Redding, Sam Cooke y James Brown, todos juntos y revueltos. Y es que su “Roll With You” está cargado de canciones con sabor a clásico que le llevaron en volandas. En cualquier caso, a tenor de los nuevos temas que interpretó (sobre todo en La Riviera, en Madrid), debería estar bien atento, porque corre el riesgo de convertirse en un soso baladista y que su banda, en lugar de sonar orgánica y proteica, como la Stax Volt Revue, lo haga limpia y aséptica, como estas bandas de veteranos virtuosos que actúan en el festival de jazz de San Sebastián. Con los Zombies llegó la gran decepción del festival… Rod Argent, con un enorme afán de protagonismo, eligió un repertorio nefasto y se llevó el sonido de la banda hacia el AOR que practicó con su homónima banda en los setenta. Sólo se salvo el puñado de canciones que interpretaron del grandioso “Odessey And Oracle”, en las que, afortunadamente, respetaron el sonido original de las mismas. Para la mayoría, Soul Asylum, simplemente caldearon el ambiente para la llegada de unos inmensos Black Crowes que salieron a matar y que desde el primer tema demostraron que no venían a presentar su último trabajo, “Warpaints”, sino a hacer un repaso de los grandes temas que jalonan su carrera… Desde “Sting Me” a “Soul Singing” pasando por “Twice as hard”, “Thick And Thin”, “Thorn In My Pride”, “Hotel Illness”, “Sister Luck”, “Hard To Handle”, “She Talks To Angels”, “Remedy”, “Jealous Again” y algunos de sus temas más recientes, como “Oh Josephine” y “Goodbye Daughters Of The Revolutions”. Dos horas en compañía de una de las mejores bandas de rocanrol de las últimas dos décadas, con Chris Robinson contagiando entusiasmo y sin parar de bailar y con un tándem de guitarras (Rich Robinson y Luther Dickinson) que me atrevería a asegurar que podrían codearse con los de cualquiera de las grandes bandas de los setenta. Era el momento de ir a descansar y reponer energías para lo que se avecinaba.
Desde primera hora de la tarde del sábado estuvimos rodeados de camisetas de Iron Maiden y Judas Priest: las hordas heavies habían aterrizado en Mendizabala para disfrutar del show de Alice Cooper, cabeza de cartel elegida para cerrar el festival vitoriano. Algunos de ellos incluso disfrutaron de Jonny Kaplan mientras sesteaban en el césped… Los engrasados Lazy Stars permitieron que Jonny llevara al escenario Ron Asheton esos ecos de Dylan y del “Nebraska” de Springsteen que marcaron el sonido de “Seasons”, su magnífico último trabajo. Eso sí, los que esperaban encontrarse con rock vibrante, al estilo de sus primeros discos tuvieron que esperar al final de su set con “Ride Free”, un temazo en el que intercaló un fragmento del “Five To One” de los Doors. Tras escuchar su primer trabajo en solitario, “Keep It Hid”, había muchas ganas de disfrutar del show de Dan Auerbach -líder de los Black Keys- y no decepcionó. El barbudo cantante apareció rodeado de músicos (guitarra, bajo, teclado, batería y percusión, algo que en cierto modo choca para su proyecto en solitario cuando su banda la componen sólo dos miembros) y ofreció un show compacto y sin concesiones que alcanzó su punto álgido con la stoogiana “Street Walkin’”. Tras semejante exhibición os aseguro que estoy deseando verle en una sala. Y con el plomizo y siniestro show de Woven Hand llegó una nueva decepción. La voz de ultratumba de David Eugene Edwards acaparó todo el protagonismo, pero también lastró cualquier atisbo de recuperación o entusiasmo. Menos mal que The New Christs demostraron que se puede ser oscuro sin aburrir a las ovejas, porque Rob Younger puede que ya no haga honor a su apellido, pero mantiene su clase intacta y posee un repertorio que muchos incluso sitúan por encima del de Radio Birdman. Por cierto, Jim Dickson les acompañó al bajo. Y con Mike Farris llegó uno de los mejores momentos de la tarde. Acompañado por la divina Roseland Rhythm Revue y dos de las McCrary Sisters, el cantante de Nashville desplegó sobre el escenario un glorioso repertorio que transitó por el soul, gospel, blues y country, haciendo gala de una garganta prodigiosa y de un carisma y magnetismo que muy pocos poseen. Consiguió que todos cantaran sus canciones y que tras su actuación cientos de fans acudieran a su firma de discos en el stand del merchandising oficial del festival. Haciendo gala de una simpatía inigualable estuvo más de una hora atendiendo a todos y cada uno de los que allí le esperaban. Molly Hatchet ofrecieron lo esperado: un musculoso repertorio de rock sureño cargado de clichés que, en su mayor parte, disfruté desde la distancia. La pregunta es: ¿era necesario interpretar el “Free Bird” de sus vecinos Lynyrd Skynyrd? Mucho más esperaba de The Soundtrack Of Our Lives, a los que parece que les levantaron el veto tras dos plantones de ultimísima hora al festival vitoriano en sendas pasadas ediciones. Estuvieron enormes, conjugando melodía y psicodelia con guitarras intensas que podrían haber sido extirpadas al mismísimo Pete Townsend, y eso a pesar de un repertorio que abusó de su último trabajo, “Communion”, que palidece al lado de discos como “Behind The Music”. Afortunadamente nos despidieron con “Nevermore” y “Sister Surround”, dos canciones que valen por todo el repertorio de casi cualquier banda. Los Fun Lovin’ Criminals, conscientes de que ya estaban apiñados delante del escenario los fans de Alice Cooper, optaron por ofrecer un show cañero y guitarrero que arrancó con una versión hardcore del tema que dio nombre a la banda neoyorquina hace ya unos quince años. Además de algunos clásicos de su repertorio sorprendieron con un par de versiones más: “Foxy Lady” y el zeppeliniano “Rock’n’Roll”… Y terminaron con la introducción del “We Will Rock You”. Me temo que los fans de la banda quedaron decepcionados por ese inusual show y los oyentes circunstanciales se llevaron una idea poco acertada de la realidad musical de Huey & Co. Y llegaba el momento de recibir a esa leyenda llamada Alice Cooper, cuarenta años de carrera a sus espaldas y un puñado de álbumes clásicos que deberían estar en la estantería de cualquier buen aficionado al rock. La cosa no pintaba bien, no vamos a engañarnos: su último trabajo no estaba a la altura de los dos anteriores y la sombra del metal industrial planeó sobre nuestras cabezas cuando los guitarristas arrancaron la actuación a golpe de riff “achicharra tímpanos”. Afortunadamente la cosa se quedó en el susto y las primeras notas de “No More Mr Nice Guy” desataron un éxtasis colectivo que duró un buen rato (al menos mientras sonaron “Under My Wheels”, “Eighteen” e “Is It My Body”), con Alice desplegando su show escénico. Tras el peaje de cuatro o cinco temas con su repertorio más actual, volvió el mejor Alice para desgranar buena parte del álbum “Welcome To My Nightmare”, con la teatralidad esperada y con su neumática hija como desangrada coprotagonista. Ya sólo faltaba deleitarse con “School’s Out”, “Billion Dollas Babies”, el inevitable “Poison” y “Elected”, colofón espectacular para un festival que sigue manteniendo un nivel altísimo. El año que viene volveré a estar allí, a darlo todo.
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Autor: J.F. León







