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13-12-2004

Azkena Rock Festival 2004, Parque De Mendizabala (Vitoria-Gast



Por fin está lista la conclusión del extenso especial que en SonicWave hemos dedicado al festival vitoriano Azkena Rock Festival. Nos vemos el año que viene, en uno de los grandes festivales de rock de Europa.

Sábado, 11 de septiembre de 2004

Con el suelo cubierto de nubes y aún mucho sueño, Jonny Kaplan se encargó de amenizar la sobremesa de los primeros que llegaron al recinto. Su rock clasicote que remite a los Stones más campestres desentumeció al público y sirvió para enganchar a los que, como a mí, su último disco “Ride Free” no había emocionado demasiado. Buen tipo en persona, conocedor de su oficio y entregado a su público, habrá que seguirle la pista. Aunque quizá no sea capaz de registrar una obra maestra, nos puede deparar en el futuro más de un rato bueno, como la recta final de su concierto: la incendiaria pieza que da título a “Ride Free” y una versión de una de las mejores canciones de Neil Young, “Everybody Knows This Is Nowhere”.

Es injusto que una banda con el recorrido y dignidad de The Silos se vean obligados a tocar a plena luz del día con poco público aún. El trío, con Walter Salas-Humara a la cabeza, aporreando una guitarra acústica como si fuese una eléctrica, agradó a los escasos fieles que se acercaron a verlos. Quizá se les pueda achacar que el concierto fuese demasiado lineal, pero a grandes rasgos, la banda conserva una autenticidad, humildad y amor por lo que hacen de los que muchos grupos actuales de mayor repercusión deberían aprender. Algún día se les reivindicará como es debido.

Igual que hace años “Total 13” era la puta hostia, hoy en día Backyard Babies son lo puto peor, la peste. Pues no, señores, que estamos siempre igual, ni antes eran tan buenos ni ahora son tan malos; de hecho, les he visto conciertos mucho peores que el de Vitoria. Tocaron un poco de cada uno de sus tres últimos discos y dejaron satisfechos a sus fans. El resto, es decir, la mayoría, tampoco se perdió gran cosa, todo hay que decirlo, pero los escadinavos no merecen la campaña de desprestigio que muchos estan orquestando en su contra.

Hay veces que la música es capaz de llevarte a lugares largo tiempo olvidados o directamente desconocidos. Ese poder evocador apareció en todo su esplendor en el concierto de Matthew Sweet, respaldado por la banda de power-pop Velvet Crush (a punto de publicar nuevo álbum). La música de Sweet siempre ha trascendido los corsés del power-pop hasta conformar un repertorio honesto y personal, algo difícil de encontrar en este estilo, siempre tan determinado por sus características. Sencillamente formidable, prácticamente lo mejor del festival: Velvet Crush consiguieron lo imposible, esto es, no echar de menos a Richard Lloyd y Robert Quine, y Matthew, algo envejecido y rellenito, supo comandar esa trepidante formación para realizar un concierto estremecedor, emotivo y que en muchos momentos (“Divine Intervention”, “Girlfriend”, “Evangeline”), tocó la fibra sensible de más de uno.

Tras cancelaciones y vueltas atrás, finalmente conseguimos tener a The Wildhearts sobre un escenario español. Jugó mucho a su favor la hora en que tocaron (cuando acababa de anochecer), los dos grupos que los sucedieron en su escenario, Violent Femmes y el esperpento de Flamin’ Groovies, y el propio estilo musical de la banda de Ginger. Así pues, el publico amante del rock más duro encontró en The Wildhearts su concierto ideal de todo el festival: caña en su punto, desarrollos más originales de lo que nos solemos echar a la oreja y actitud de rockeros irredentos. Incluso el rastas se permitió olvidar sus canciones más famosas –“I Wanna Go Where The People Go”, que unas ocho horas después sí sonaría en la carpa-; al final, la gente lo pasó bien aunque no terminasen de convencer a otro gran sector del público, consciente de que a pesar de su buen hacer aún son un grupo de segunda fila.

Para la mayor parte del público, The Screamin’ Cheetah Wheelies fueron los triunfadores del festival. Gran ironía, puesto que nunca habían tocado ante un público tan amplio como el del festival vitoriano. Realmente aquello fue una magnífica lección de rock clásico con alma y garra, con sabor a hierba mojada y a cerveza en club con paredes de madera. Si hace unos meses fue Mike Farris el que nos obsequió con su privilegiada voz, esta vez el acento recayó sobre toda la banda, fastuoso mecanismo de rock clasicote, una de las mejores bandas de su género durante los noventa sin duda. La sensación de que aquel concierto era poco menos que histórico era patente entre el gran número de aficionados al rock de raíces que los ha seguido desde sus primeros tiempos, incluso para algunos no adeptos a la causa que asistieron maravillados al show; eso sí, tampoco hubo quórum esta vez, y para muchos fue en ocasiones aburrido y egocéntrico. Para mí, un par de peros: eché de menos alguna canción más de su cúspide "Magnolia" (que, en un arrebato de ganas de polemizar, diré que me parece más completo que cualquier álbum de los Black Crowes) y un poco menos de exhibición de Mike Farris no hubiese estado mal; notable, en cualquier caso.

Fue una ocasión desaprovechada el pase de Violent Femmes; no por su culpa, claro. Otra vez fueron perjudicados por el horario (tocando en el puesto de los cabezas de cartel) y por la gran parte del público, que parecía más por la labor de asistir a una fiesta con menos sutilidades que al sublime pero complejo universo de la banda de Gordon Gano. Sin querer negar su importancia histórica, personalmente hubiese disfrutado más del concierto en una sala pequeña y en otro momento, ójala vuelvan pronto y reciban la atención que realmente merecen. En compensación, les piropearé como es debido: su concierto en Azkena debería haber sido tan importante como el de los Pixies en Festimad y Primavera Sound meses antes.

Lo de Flamin’ Groovies fue de traca. Uno solo de los miembros originales, diecisiete años sin tocar, Cyril Jordan con peluquín pavoneándose en conciertos de otros (Josh Rouse fue uno de los damnificados)… ¿qué se podía esperar? Pues lo que presenciamos: Cyril haciendo el ridículo, una banda, que parecía estar formada por impersonators, sonando fatal, un carrusel de versiones (hasta ¡tres! de los Rolling Stones), etc. Resultado: abandono general, justificado como pocos. ¿No me creen? Como muestra un botón: un amigo que afirma que el mejor concierto de su vida fue uno de Flamin’ Groovies en sus buenos tiempos, abandonó a la segunda canción. A la hoguera con ellos.

Y para terminar el festi, Turbonegro. Aunque en teoría se debería haber montado una de las gordas, no terminó de cuajar el show, a pesar de la predisposición del público a la fiesta. Repasaron temas de todos sus discos, reprodujeron sus gags escénicos de siempre, p-u-n-t-o por p-u-n-t-o, divirtieron pero no invitaron al desfase, a pesar de que un espacio grande al aire libre es el marco, en principio, ideal para una banda de sus características. ¿Qué pasaría si se despojasen de toda la parafernalia que les rodea y quedasen solas las canciones? Me temo que descubriríamos la verdad: que Turbonegro son uno de los timos más grandes del rock and roll. Mientras tanto, seguiremos fingiendo ambas partes, público y banda, y nos echaremos unas risas.

(Héctor García)


Domingo, 12 de septiembre de 2004

Como colofón a los tres días de festival, se nos presentaba la fiesta Homenaje a Johnny Cash, en el primer aniversario de la muerte del Hombre de Negro. Las cosas fueron bien distintas, al materializarse dicho tributo en unas bonitas versiones realizadas por el humilde Walter Salas-Humara, líder de The Silos, que intercaló un par de temas de su banda, en su corta y como siempre eficiente actuación.
A continuación, Mike Farris que el día anterior nos había hecho muy felices a varios cientos (miles diría yo) de personas, volvió a alegrarnos la existencia, al principio con unas bonitas y sentidas palabras dedicadas a Johnny, y luego al interpretar canciones tanto de su disco en solitario (“Folsom Prison Blues” obviamente incluida), temas tradicionales, y un par de regalos para los fans de Screamin’ Cheeath Wheelies, como esas dos joyitas incluidas en su tercer y menos conocido L.P. “Big wheel”, “It ain’t nothing” y “One big drop of water”. Para ello contó con la ayuda a la guitarra, de Bobby Watkins en varios temas. Fantástica exhibición vocal de Farris de nuevo que concluyó con el góspel que cierra también “Goodnight sun”, “Keep your hand on the plow”.
Y para terminar, un concierto en solitario en toda regla, del líder de una de las formaciones más grandes de la historia. No sé siquiera si a Roger McGuinn alguien le dijo que aquello se suponía que aquello era un supuesto homenaje a Mr. Cash, pero lo cierto es que no hubo ninguna referencia al respecto. En cualquier caso, no seré yo quien, ante semejante set-list, se queje. Escuchar en boca de un Byrd algunas de las canciones más bellas jamás escritas, no tiene precio. Simplemente acompañado con una acústica de 12 cuerdas o su famosa Rickenbacker, McGuinn además entretiene a la concurrencia entre canción y canción con historias personales protagonizadas junto a colosos como Dylan o Parsons. Y canciones… qué canciones! “My back pages”, “I’ll feel a whole better”, “You ain’t goin’ nowhere”, “Pretty Boy Floyd”, “Mr. Tambourine man”, “The bells of Rhimney”, “So you want to be a rock’n’roll star”, “5D”, en fin, qué más decir, que fue un placer estar allí y corear esos himnos que nos han acompañado desde hace tanto tiempo, y una bonita manera de despedirnos del festival hasta el año que viene, que esperemos que haya más, y si es posible, mejor.

(Jonatan Martínez)

Fotografías: J.F. León

Autor: Héctor García + Jonatan Martínez

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